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1814 - AFRODECENDIENTES EN SAN ALEJO

ORIGENES Y RASGOS

Se dice que en El Salvador no hay descendientes de negros porque no hay costa en el Atlántico, porque Maximiliano Hernández Martínez vetó su entrada o porque no hay pueblos con negros, como en Honduras y Belice. Sin embargo, un grupo de antropólogos e historiadores busca piezas desconocidas o ignoradas del mosaico racial salvadoreño. ¿Cuál es la verdadera herencia cultural y genética de africanos en El Salvador?


Los gitanos llegaron al pueblo hasta que la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez prohibió su ingreso al país, a través de la ley migratoria de 1933, la misma legislación que negaba la entrada a personas negras; sin embargo, los afrodescendientes habían llegado a pueblos como Ereguayquín –y según registros coloniales, también a Sonsonate, San Vicente, San Miguel, Ahuachapán, Santa Ana, Nejapa y San Alejo300 años antes del régimen militar de Martínez. Los negros ya se habían mezclado con indígenas y españoles.

 

Pero la sangre africana que corre por las venas de miles de salvadoreños se puede conocer en un laboratorio de genética. Uno como el que ahora cuenta el Instituto de Medicina Legal de San Salvador. Días después de haber visitado la casa de Galileo en Ereguayquín, el jefe del laboratorio, Juan Monterrosa, dirá que los salvadoreños poseen el mismo perfil genético que los hondureños, una población que ha tenido una gran influencia africana por su amplia costa atlántica. Además que los salvadoreños también tienen grandes rasgos en común con la población mestiza de Porto Alegre, Brasil, y los amerindios de Colla, en el norte de Argentina.

 

El jefe del laboratorio genético elaboró un estudio poblacional con 150 hombres, que se publicó en la revista europea Legal Medicine en 2010. El informe corroboró 12 características del cromosoma y que se transmite del padre a sus hijos varones. Monterrosa asegura: “Los salvadoreños estamos alejados genéticamente de países como Angola, Mozambique y Guinea Ecuatorial, pero aún hay algo en común, y hay que hacer hincapié en que el trabajo hecho fue de la población en general, y para ver la descendencia africana tendríamos que ir a los pueblos donde los historiadores y antropólogos cuentan que hubo más presencia de negros y mulatos, pueblos como el de San Alejo, en La Unión”.

 

***

 

El polvo del camino se levanta mientras el vehículo cruza por el cantón Piedra Gorda, en las áridas afueras de San Alejo, La Unión. Gertrudis Hernández solo lo ve pasar mientras está sentado en una gran piedra bajo el sol. El viejo se rasca la barriga y continúa con la plática que tiene con uno de sus vecinos. A estas alturas del coloquio, Gertrudis cuenta con su vozarrón grave cuando el diablo se llevó a su bisabuelo Juan, a su tía Inés, a su tío Polo; y nunca regresaron a San Alejo. Los tres eran practicantes de la brujería y Gertrudis dice que se fueron más que gustosos del lado del diablo.

 

 —A mi bisabuelo se lo llevó por el cerro El Mogote, camino a Santa Rosa – dice el anciano.

 

El viejo Gertrudis es un hombre de piel morena, lunares negros en el rostro, orejas grandes, labios oscuros con un leve color morado y una boca donde solo le asoman tres dientes largos y amarillos. El viejo se está quedando ciego y ya no trabaja, por eso se la pasa contando historias a quien se encuentre por el camino.

 

Este día, por ejemplo, anda sin camisa y dice extrañar el único oficio que aprendió en su vida: tallar las grandes rocas de un cerro que bordea el cantón y convertirlas en piedras de moler. Aquí la tierra no es muy fértil y los hombres han aprendido a vivir de las rocas. Picar piedra es lo que la mayoría realizaba aquí antes de que comenzaran a irse a EUA.

 

En Piedra Gorda parece que todos los jóvenes se han ido al Norte y solo han quedado los viejos. Ellos preservan esta como una tierra de mulatos. Porque si en las montañas de Chalatenango hay comunidades casi totalmente blancas, en las afueras de San Alejo hay cantones –como Piedra Gorda, Agua Fría o Lagartón– en los que predomina el color oscuro de los mulatos. Son rasgos físicos que hunden sus raíces en la historia. Hace unos meses, unos antropólogos de la Universidad Tecnológica tuvieron acceso a los documentos parroquiales de la iglesia de San Alejo, en los que se constata que para 1814 la población del asentamiento era en un 95% mulatos libres. San Alejo siempre fue un territorio de grandes haciendas ganaderas y de añil, como los vestigios de la vieja hacienda del capitán al norte del pueblo. Y en el campo, los hombres mulatos eran los capataces que arengaban a los indígenas a esforzarse hasta el límite.

 

Gertrudis se pone de pie y comienza a caminar rumbo a su casa. El viejo cuenta historias de su abuelo Mientras tanto, Magaleno Guardado avanza por el camino irregular. Gertrudis dice que la gran virtud de su abuelo fue engendrar a 50 hijos. “¡Imagínese qué bendición la de mi tatita Magaleno! Y uno de mis nietos que solo tiene tres hijos, ¡qué calamidad!”, dice el viejo Gertrudis histriónico. La reproducción sin limites es un elemento más asociado a los afrodescendientes que a los indígenas americanos, para el Culturólogo Marvin Aguilar, un investigador migueleño quien actualmente elabora un documental titulado “Piezas de Indias sobre las raíces africanas desperdigadas por los pueblos de El Salvador”.

 

Aguilar ha entrevistado a antropólogos, historiadores, musicólogos, genetistas, entre otros profesionales, para comparar los registros de la Colonia con la ciencia moderna. Pero sobre todo, lo que el culturólogo asegura buscar es que se borre la idea de que el mestizaje en El Salvador fue solo entre español e indígena, sino que lo africano también es parte del salvadoreño. El culturólogo se basa en etnografías, como el “Libro azul de El Salvador” de 1916, en el que se menciona que en el país habitan razas como los zambos –mezcla de indígena y africano– que son de “tez casi oscura, los cabellos encrispados, labios gruesos, la cara redonda y que suelen ser de baja talla”.

 

Pero Aguilar también retoma estudios más recientes, como el de Wolfgang Effenberger, quien investigó la existencia de una etnia africana originaria de Gambia que habitó en el pueblo de Atiquizaya, Ahuachapán, durante la Colonia. “Un sacerdote italiano que vivió en el país en 1911 registró una tradición oral de que Atiquizaya era un pueblo fundado por negros cimarrones procedentes de Guatemala y de Honduras, lo que era una ruta del tráfico de esclavos en tiempos coloniales”, dirá Effenberger, unos días después de la visita al cantón Piedra Gorda, en el municipio de San Alejo.

 

El viejo Gertrudis Hernández sigue caminando antes de despedirse y perderse entre los espejismos del cantón Piedra Gorda. En una casa vecina, un hombre talla un trompo de piedra para tratar de venderlo como artesanía en San Salvador. El cantero se llama Fernando Ascencio y trabaja con unos lentes oscuros bajo el sol. Un temor recurrente en los canteros es el de quedarse ciegos. Los artesanos tienen miedo a cincelar y que un fragmento de la piedra se incruste en sus ojos. Fernando golpea la roca entre sus pies ante la mirada celosa de su suegra, Isabel Flores.


Isabel ha vivido en Piedra Gorda toda su vida y dice que se casó con un “negrito” llamado José del Rosario Cuevas, a quien le gustaba beber licor, mascar puros de tabaco y escupirlos a la calle de polvo.

 

—Aquí sí hay negros como si fueran el tile de un comal, solo los dientes les blanquean –dice Isabel, frunciendo el ceño y moviendo su cabeza de izquierda a derecha, como para no dejar lugar a dudas.

 

La anciana cuenta, entre risas, que a los más morenos de Piedra Gorda les dedican la canción “Que se mueran los feos”. Que los salvadoreños asocien la negritud a la fealdad es un discurso antiquísimo que se remonta a la política de construcción del Estado de El Salvador en el siglo XIX. El historiador Pedro Escalante Arce asegura que “dentro de la estética que se inculcó, lo negro era sinónimo de fealdad; así que cuando se habla de un ancestro africano, se le está diciendo a alguien que es feo. Hay una visión despectiva; si dijéramos que somos descendientes de italianos, todo el mundo saltaría de alegría”.

 

Fernando Ascencio deja de golpear el trompo que cincela y voltea a ver a su suegra. El cantero le dice a Isabel que su esposo pudo tener el color de piel de mulato, pero que no era tan oscuro como el viejo Timoteo Gutiérrez, el “negro Timo”, quien vive a poca distancia.

 

 ***

 

Timoteo está dormido en una hamaca frente a un pequeño altar del Cristo negro, el señor de los milagros. El anciano ronca a todo pulmón mientras su esposa, Perfecta Viera, está sentada en una banca afuera de la casa. Una pequeña vivienda que está cerca de un árbol de morro y un solar donde nacen flores cola de ardilla. Todo está en silencio en la casa donde viven los dos ancianos. La pareja tiene facciones físicas totalmente opuestas. Perfecta es mujer de piel blanca y delgada, mientras que su esposo es un hombre moreno y un poco corpulento.

 

De repente, los ancianos reciben la visita de una mujer joven que viene del Barrio La Cruz de San Alejo, el lugar de donde es originario Timoteo. Perfecta trata de incorporar a su esposo empujando su hombro. El viejo se despereza sorprendido antes de sentarse en la hamaca. A un lado están los caites hechos con neumáticos viejos y un rústico bastón de madera. El anciano acaba de recibir dos pares de zapatillas de parte de sus hijos en Estados Unidos, pero no le gusta usarlas, quizás sea porque Timoteo perdió la vista hace 18 años y no se puede amarrar las cintas o quizás solo sea por la costumbre.

 

La mujer que ha llegado a visitarlo desde San Alejo grita para que el anciano la escuche. Hablan sobre la familia y el clima, de la brisa de la tarde y del Barrio La Cruz. El viejo Timoteo dejó el pueblo siendo un niño, después de la muerte de su madre, Purificación Gutiérrez, pero en esas pocas cuadras de San Alejo quedaron primos y tíos. La mujer que ha venido a visitar a Timoteo se cansa de entenderse a los gritos y se va rumbo al pueblo. San Alejo es un poblado pequeño que a estas horas parece un comal caliente.

 

En el Barrio La Cruz, parecen seguir viviendo muchos de los mulatos que se describen en los archivos parroquiales de hace dos siglos. Por la calle camina José María Ochoa, que va vestido con un sombrero negro que lo hace lucir como un cantante de jazz. Y a la vuelta está sentado Santana Herrera, el delantero de 1.82 metros que lleva 16 goles en ocho partidos con el equipo Perla de San Antonio Silva.

 

—No sé si tengo ventaja por ser moreno dentro de la cancha, pero los aficionados me han dicho que arrastro la marca de los contrarios mucho más rápido que los demás – dice Herrera con timidez.


Pero Santana Herrera no es el único futbolista moreno que ha salido del Barrio La Cruz. A estas horas sale de su casa el padre de Roberto Ochoa, el jugador de la selección nacional sub 23 que ganó la medalla de oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de San Salvador 2002 y a quien los periodistas deportivos apodaban “La Pantera”.


Las raíces afro parecen evidentes en el Barrio La Cruz de San Alejo, en contraste con el imaginario colectivo de que en El Salvador no hay afrodescendientes, una apreciación obvia para el Historiador Pedro Escalante Arce pero que tiene su explicación: “La gente espera ver enclaves de negros como en el Atlántico hondureño, nicaragüense o costarricense; pero los africanos que se quedaron en El Salvador vinieron en la Colonia y se mezclaron con las otras razas, mientras que estos asentamientos del Caribe centroamericano son de finales del siglo XVIII, son repoblaciones de la isla de San Vicente y otras Antillas hechas por los ingleses. Ellos querían apoderarse del terreno y sembraron su influencia”.

 

Y Escalante Arce asegura que todo el país todavía tiene rasgos de la cultura africana que se pueden apreciar en la cotidianidad, elementos como el cargar canastos con yagual en la cabeza de las vendedoras o la tradicional marimba. Y aunque la influencia de los mulatos sea más palpable en San Alejo, los vestigios culturales de los afrodescendientes se pueden encontrar en los rincones más escondidos del país.

 

Fuente: http://www.laprensagrafica.com/Un-cuento-afro-salvadoreno


February 29, 2016
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